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LA PARTIDA DE SIMÓN









Dedicado a Mi María y su Simón



A mí también me duele que se vaya Simón. Era inquieto, latoso y muy escandaloso, pero era el perrito de María, mi hija: el que llegó en su cumpleaños número siete y se quedó a cuidarla diecisiete años.

-Eso no pasa, esta raza vive catorce o quince años, a lo mucho, pero no más- nos dijo el veterinario minutos antes de dormirlo.

Cuando llegué y vi a María cargando a Simón con ese amor mezclado con dolor, sentí ganas de llorar, pero me contuve y la abracé. Estaba muy nerviosa, aunque escuchaba con atención lo que el doctor explicaba, y que sin duda era lo mejor. Simón aún me miró. Pude hablarle y acariciarlo, pero ya no reaccionó. Su cuerpo había colapsado: llevaba días sin retener alimento ni agua, vomitaba todo. Estaba a punto de morir.

El doctor le aplicó una inyección y salió para que nos despidiéramos. Entonces empezó el llanto, uno imposible de evitar, uno que dolía. Me dolía ver a María, ver cómo los ojos de Simón se apagaban lentamente, y al mismo tiempo sentía un agradecimiento profundo por cuánto había aguantado. María tuvo que irse a Guadalajara el año pasado, y Simón pudo haber muerto entonces, pero siguió vivo. María regresó el primero de enero, y hoy, diecisiete de abril, cuatro meses después, Simón decidió partir. Nadie puede explicar cómo aguantó tanto, pero lo hizo. La esperó.


Yo no estaba muy familiarizado con los perros. A mi madre no le gustaban, así que tener uno era una batalla: cuando mi hermana mayor -amante absoluta de los perros- lograba convencerla, el pleito era sin fin, porque en cuanto el perrito se hacía en la casa, mi madre quería matarlo y de paso a mi hermana. Los dos perros que tuvo se murieron en los primeros tres meses. Cuando nos fuimos a vivir con mis abuelos tuvimos una perrita que era feliz porque la casa tenía un gran patio, pero mi mamá no la dejaba entrar. Tenía la convicción de que los perros eran para estar afuera, sin excepción.

Eso fue cambiando con los años, sobre todo cuando ya de grande se quedó sola en ese viejo departamento y llegó Rita, una perrita que recogió mi sobrina -la hija de mi hermana-. Así que fue la nieta quien rompió el hechizo: Rita se convirtió en la compañera de mi mamá, y ahí pude ver una transformación clara en ella.

Con María entendí la relación que se puede tener con un perro. Cuando nació mi hija, vivía con nosotros Ale, una labradora que me enseñó más de lo que yo creía posible entender sobre ellos. Desde que María nació, Ale la observaba atentamente. Cuidaba su sueño y cuando María empezó a caminar, Ale fue su andadera principal. María le daba besos y le compartía su comida -lo cual para mí era asqueroso-, pero lo que más me sorprendía era la paciencia de Ale.

El día que entendí de verdad ese vínculo fue cuando Ale tuvo cachorros: María tenía casi dos años, apenas caminaba, y los agarró como si fueran muñecos de peluche y salió de la cocina cargando los cinco. Corrí pensando que la perra la atacaría, pero Ale no hizo más que observarlas, a María y a sus crías, sin gruñir, sin ansiedad. Simplemente sabía que era un bebé cargando a otros bebés. La primera palabra de María no fue mamá ni papá: fue guagua.

Unos años después llegó Simón. No fue fácil encontrar un cachorro pomeranian como ella quería, pero su mamá, como buena productora, lo consiguió en un criadero en Puebla. María tenía siete años, estaba en la primaria, en la parte central de su infancia, y Simón la vio crecer. La acompañó en la secundaria, la prepa y en toda la carrera. Este año María hizo su examen como doctora, y todo eso lo vivió al lado de un perrito escandaloso llamado Simón.

-Un verdadero campeón- dijo el veterinario cuando regresó y se dio cuenta de que la primera inyección no había sido suficiente. Las lágrimas de María ya se habían detenido. Le aplicó otra, y Simón se fue. María volvió a llorar.

-Gracias, amigo, por cuidar a María- 

fueron mis últimas palabras a ese curioso perrito que una vez se me perdió. En realidad fueron dos veces, pero la primera fue la que realmente fue un milagro.


-Tienes que cuidar a Simón, papá. Vamos de viaje y no tenemos con quién dejarlo. No pienso meterlo a una pensión porque la última vez le salió algo en el pelo de los nervios- 

me dijo María sin dudarlo, y yo le expliqué que era una tarea difícil: un perrito tan chiquito y tan nervioso podía perderse en cualquier momento. Una hora después estaba ella en la puerta de mi casa entregándomelo. Traía una pequeña maleta con sus croquetas, una correa, un juguete para morder y un suéter por si le daba frío.

Yo vivía en un departamento pequeño, en segundo piso de un viejo edificio horizontal. Lo bueno de Simón era que cabía por cualquier rincón. Al principio me esquivaba: cuando yo lo miraba, él volteaba. Se sentía extraño. Mientras yo escribía, se durmió un buen rato, y cuando despertó la noche ya había caído. Me miró, miró la pantalla de la computadora y se volvió a acostar. Un rato después sentí su pequeña patita en mi pierna. Ya eran casi las once, así que salí a caminar con él hasta el parque México -unos sesenta minutos de caminata- fueron suficientes para ganarme su confianza, porque le hablaba y le prestaba atención. En la calle, varias mujeres se detenían a acariciarlo.

-¡Qué lindo! ¿Cómo se llama? ¿Me dejas acariciarlo? ¿Cuántos años tiene?- 

Hice como cuatro amigas en una hora sin ningún esfuerzo más que pasear al hijo de mi hija. Nunca me había puesto a pensar que era una estrategia perfecta para conocer mujeres.

De regreso, Simón comió un poco, tomó agua y no dejaba de mirarme. Me senté a escribir; él se acomodó en el sillón y cayó profundamente dormido. Seguí hasta las tres de la mañana, y cuando me fui a acostar, se vino a mi cama sin dudarlo. Era la primera vez que un perro dormía a mi lado. Lo que me preocupaba era aplastarlo, pero no pasó nada.

La mañana llegó con el tipo de la basura y su estridente campana. Desperté, aparté a Simón con cuidado para no lastimarlo. Después de tomar un poco de agua y lavarme a los diente salí a correr. El problema fue que se soltó y se echó a correr.

-Agárralo bien, mijito- 

me dijo una señora molesta al verme que no podía alcanzarlo. Desistí de correr y me concentré en el perrito. A una cuadra de mi casa, cerca del Viaducto, vi una veterinaria que nunca antes había notado, aunque llevaba un año viviendo ahí -estaba frente a la pulquería La Pirata, ese lugar que parece baño público por fuera pero que atraía cientos de personas amantes del pulque-. Un letrero ofrecía baño para perros, masaje y no sé qué más. Decidí dejar a Simón. El lugar era pequeño pero muy bien ordenado, y la doctora fue tan amable que no lo pensé dos veces. Trato muy bien a Simón, tampoco con fanatismos. Tomo mis datos.

-Le aviso cuando esté listo, mas o menos en dos horas- 

Regresé a casa a escribir. De repente me llegó un mensaje de Facebook: Olinka, mi primer gran amor del kínder, respondía un mensaje que yo le había mandado dos años antes. En realidad nunca habíamos platicado: fue mi amor platónico a los cinco años, porque nunca pude hablarle, y ahora, cuarenta años después, me respondía.

-Sí, soy yo, había tenido unos problemas. ¿Puedes hoy a las 7 pm para un café?- 

Me quedé en shock. Fue como subirme a la máquina del tiempo. Yo le había escrito un par de años atrás, cuando decidí escribir sobre ella y quería conocerla. Ella, sin saberlo, había sido mi primer gran amor.

-Claro, ahí nos vemos- 

contesté sin poder añadir nada más, en realidad no pude decir nada más. Empecé a ponerme nervioso. Sonó mi alarma y segundos después llegó el mensaje de la veterinaria. Fui por Simón. Se veía limpio, su pelo esponjado más de lo normal.

-Traía los dientes muy sucios, con sarro, por eso el mal olor. Ya está como nuevo- 

me dijo Laura, la veterinaria. Nunca me había puesto a pensar en que los perros también necesitan lavarse los dientes.

-¿Y los perros de la calle cómo lo hacen?- 

le pregunté mientras Simón, al reconocerme, no paraba de lamerme la mano.

-Su higiene depende de masticar objetos duros: huesos, palos, lo que encuentren. Eso remueve la placa. Además de su propia saliva. Son muy listos, ¿verdad, Simón?- 

Lo dijo apachurrando la boca de Simón. Le pagué y salí.

Noté que Simón caminaba diferente, con una extraña alegría que no sé cómo pero que era evidente. Al llegar a casa no paraba de lamerme. Pensé que tenía hambre, le serví croquetas, pero él solo quería estar a mi lado. A las seis me bañé. Simón seguía dormido así que salí con cuidado para no despertarlo. En el camino pensé que la experiencia de cuidarlo había sido mejor de lo que esperaba, que un perrito así de chiquito no era mala idea, sobre todo por la atracción que provocaba.

Luego me puse a pensar en Olinka. Cómo era posible que la vida me diera esa oportunidad ahora. Quería saber si ella recordaba que en el kínder tuve que enfrentarme a la maestra por ella.


-Me gustaría casarme con Olinka- 

le dije a Claudia, una niña que casi siempre traía el pelo sin dirección y las calcetas caídas sin resorte-, descuidada, aunque eso a su edad era responsabilidad de los padres. Pero eso sí, estaba al pendiente del chisme. Apenas se lo dije corrió con Madame Águeda, la monjita de tercera edad que nos daba clase. Yo estaba seguro de que no pasaría nada.

-Te vas a quedar castigado y tendré que comentarlo con tu papá- 

me dijo delante de todos. Algunos niños me miraron. Yo sentí taquicardia desde que escuché la palabra papá. Sonó el timbre y nos formamos para salir. Todos menos yo.

-Tú te quedas en el salón- 

La maestra no bromeaba. El pánico me invadió: conocía el carácter de mi padre. Me quedé solo, sudando, pero un instante antes de que cerraran la puerta, regresó Olinka. Me miró y el tiempo se detuvo. Vi sus ojos azules, su carita un poco sonrojada. Me dio la mitad de su sándwich y salió corriendo. La maestra no se percató porque estaba en el patio entregando niños. Me quedé solo un momento y me sentí pleno. Todo había valido la pena. Había vencido al dragón y rescatado a la princesa. Las consecuencias ya no importaban.

Cuando entró la maestra y vio mi cara de triunfo, se desconcertó. La miré sin miedo, sin parpadear. Un minuto después entró mi papá. Al verme en ese salón se extrañó. La maestra empezó a hablarle, pero no alcancé a oír qué dijo, lo que oí perfecto, fue la respuesta de mi papá, porque levantó la voz:

-Pues qué bueno que le gustan las mujeres. Este es mi hijo y es todo un hombre. Usted está loca. Vámonos, campeón- 

Pocas veces tuve la oportunidad de que mi padre, me defendiera, pero esa fue quizá la más importante. Agarré mis cosas y ni me despedí de la maestra, que se quedó trabada de coraje.

Olinka no paraba de reír cuando le contaba la historia.

-Pero mírame, tengo los ojos verdes, no azules-

-Te cambiaron. Tú tenías el pelo rizado y los ojos azules- 

se lo decía y volvía a reír. Después de tanta risa y de darme cuenta de que ella solo recordaba un poco de aquella historia, sonó mi teléfono. En la pantalla leí: Dra. Laura, Veterinaria, Simón.

-Señor Reyes, ¿es usted? Aquí tengo a Simón.

-¿Cómo que ahí lo tiene?- 

le dije después de un breve silencio producido por un total desconcierto.

-Ah, no se había dado cuenta. Bueno, no se preocupe, puede pasar antes de las nueve o mañana temprano a recogerlo-

-Voy ahora mismo-

Olinka me acompañó. Afortunadamente traía auto, llegamos en diez minutos. Yo seguía en shock.

-María me advirtió mil veces que no lo fuera a perder- 

le decía a Olinka, que en el camino seguía riéndose y me calmaba, porque ya no había de qué preocuparse.

-Un vecino lo encontró caminando solito junto al Viaducto y me lo trajo- 

me explicó la doctora. Le agradecí, le compré unos premios para Simón y le di un abrazo muy fuerte.

-Tenga cuidado al salir, porque Simón es muy escurridizo. Seguro se escapó cuando usted cerró la puerta-

Eso era exactamente lo que había pasado. Era tan pequeño que ni lo noté. Después de caminar hacia mi casa con Simón -que otra vez iba con su paso de concurso- llegamos a mi casa. Ese accidente deliberado había logrado que Olinka, el gran amor de mi infancia, estuviera en mi departamento. Así que después de tres botellas de vino, risas y canciones como dos viejos amigos, y de recordar una y otra vez la única anécdota compartida del presente -la pérdida de Simón-, sucedió lo que quizá debería haber pasado aquel día en que defendí mi amor con valentía. Nos dimos un beso profundo y esperado. Al abrir los ojos, Simón me miraba. Sentí su extrañeza, movió incluso su cabecita como si supiera lo que estaba sintiendo.

Olinka pertenecía al pasado, y allá donde has sido feliz nunca jamás debes regresar, dice Sabina, y lo que dice es terriblemente cierto. Por más que uno se aferre a sentir lo que sentía, no se puede. Olinka pertenecía a aquella historia hermosa de la infancia. Quizá por eso no la había reconocido en Facebook y tuve que escribirle para corroborarlo, o quizá la realidad es más simple: después de aquel día en que confesé mi amor, nunca volvimos a hablar. No había otro recuerdo, porque simplemente no existía. Así que lo único que quedaba era esa noche de celebración, y luego cada uno regresaría a su vida.

Escuché su historia de amor y desamor. Cómo superó el cáncer. Cómo se levantó de un divorcio terrible. Así nos llegó el amanecer. La acompañé a su auto y a esa hora salí a caminar con Simón. Regresé y me quedé dormido hasta que los lengüetazos de Simón en mi cara me despertaron. Ya eran como las doce. El sol me quemaba, traía un dolor de cabeza feroz. Salimos de nuevo. Se quedaría un par de días más y nuestra rutina siguió: caminar, escribir, comer, ver películas, todo juntos. No pude evitar sentirme acompañado.

Cuando María llegó a recogerlo, no le dije que se había perdido. El perrito estaba bien; no tenía caso. Tampoco le dije que los últimos días ya caminábamos sin correa -eso jamás lo habría entendido-, pero Simón y yo habíamos construido una amistad, basada, a mi parecer, en la honestidad y la confianza. Quizá él nunca supo que se había perdido, pero sí sabía que yo siempre regresaba por él, y eso, creo, fue suficiente.


María seguía abrazada a Simón. Su corazón había dejado de latir, sus ojitos ya estaban sin brillo. Sentí que no se levantaría jamás, así que mientras le sobaba la espalda para que sintiera el apoyo, yo seguía pensando en la segunda vez que lo perdí.

Aquella vez Simón tenía como ocho años. Me había ido a vivir con mi mamá, recién diagnosticada con Alzheimer, y María volvió a pedirme que lo cuidara. Accedí sin problema. En casa de mi mamá había un pequeño jardín con una puerta vieja a la calle que cualquiera podía abrir. Ese día estaban Pablo y Max, mis hijos hermanos menores de María, que habían ido a pasar el fin de semana, y acababa de llegar mi hermana Isabel con su hijo Mateo. Al terminar de comer, nos pareció muy extraño no oír a Simón.

-Simón no está, papá- me dijo Max. Me paré de un salto. La reja estaba abierta: alguien la había dejado así al pasar. Le pedí a mi hermana que me ayudara a buscarlo, Pablo y Marco salieron a la calle, y le pedí a mi papá que se quedara cuidando a mi mamá y a Max.

-Claro, hijo, no te preocupes- 

Me dijo muy tranquilo mi papá y salí corriendo. En el camino no paraba de recriminarme, que ya era la segunda vez que perdía a Simón, y pensaba con mucho coraje en el vecino que había dejado abierta la puerta. Di vuelta a toda la unidad. A mitad del camino encontré una virgen con un altar inmenso, me pareció que era una señal, le pedí que si Simón regresara, Era la primera vez que hacía algo así, por un perrito, pero necesitaba agotar todo. No lo encontré. Regresé con la esperanza de que ya estuviera en casa.

Al entrar volví a quedarme en shock: no estaba Simón, pero tampoco mi mamá, ni mi papá, ni mi hijo. Mi preocupación se multiplicó por diez. Salí corriendo de nuevo y azoté la puerta tan fuerte que pensé se rompería el cristal. Mi mamá ya se me había perdido un par de veces, y ahora estaba en la calle con un niño. Al dar la vuelta al edificio la encontré.

-El niño me dijo que fuéramos a buscar al perrito-

-Sí, mamá- le dije, sabiendo que ella ya no distinguía la orden de un niño a la de un adulto. Ella era en realidad la niña. Sentí que unas lágrimas se me escapaban. Abracé a Max.

-¿Estás triste porque no va a regresar Simón?- 

me preguntó Max y lo cargué para llevarlo a casa.

-Sí, hijo, estoy muy preocupado- 

le dije abrazándolo y sabiendo que él se pudo haber perdido, que mi mamá se pudo haber pedido con él, y que Simón seguía perdido.

-Pero hay que encontrar a Simón o María va a estar triste- 

dijo Max mientras jugaba con su manita al viento. Respiré un poco de paz. Entramos, le serví agua a mi mamá.

-Ya no te vayas a salir, hijo, porque tu mamá no me hace caso- 

me dijo mi papá con cara de culpa que no podía disimular. Le di una palmada en el hombro y salí al jardín a llamarle a mi hermana. Unos minutos después llegaron Pablo y Mateo con Simón, y casi a la par llegó mi hermana. Todos felices. Pasé del cielo al infierno en menos de diez minutos, y todo por un perrito inquieto y travieso llamado Simón.


-Es momento de despedirse- 

nos dijo el veterinario. María le dio un último beso a Simón y se quedó unos minutos abrazándolo.

-Gracias, Simón. Gracias- 

le decía, y yo sentía que estallaría de llanto en cualquier momento, pero me contuve y la abracé hasta que tomó fuerza y se levantó. Salimos del consultorio. En el camino al auto sentía su tristeza y su dolor, y nada podía hacer. Nada se puede hacer ante el dolor que produce la muerte, más que vivir bien, sabiendo que nos vamos a morir, para poder morir sin pendientes, habiendo cumplido la misión.

Simón acompañó a María diecisiete años y estoy seguro de que su recuerdo quedará encajado de por vida en nuestro corazón, y que las memorias que construyeron él y María la acompañarán toda su vida, y quizá un poco más.




Daniel Reyes
México, abril 2026














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