Dedicado a mi querida Cris
—Sigue—
me lo digo al empezar a correr y sé que hoy es uno de esos días,
—sigue—
me lo digo así, sin tanto rollo, simplemente lo repito una y otra vez,
—sigue—
y ahí la enredada cadena de pensamientos se empieza a aceitar, el tiempo avanza y mi cuerpo suda,
—sigue—
le digo a todo mi cuerpo que quiere detenerse,
—sigue—
le digo a mi mente que insiste en que no tiene sentido, en que nada lo tiene, en que la vida que me tocó es injusta,
—sigue—
grito de inmediato para espantar esa sensación de víctima que quiere penetrar mi mente,
—sigue—
grito más fuerte, y allá a lo lejos se dejan ver los ojos de un sol escondido entre las faldas de las nubes. Ahí está. Eso es una pequeña señal de que hay algo más,
—¿cómo es que el sol sigue sin reclamar? ¿reclamará? ¿acaso el sol renegará de su naturaleza?
—¿por qué me tocó ser el sol y no la luna?
¿pasará? Me lo digo y me río, o eso creo, porque pasa frente a mí una señora que a buen ritmo se encuentra de frente con mi cara y me mira un poco aterrada. ¿Es ella o soy yo? Pienso que es mi respiración desbocada la que llama la atención,
—sigue—
lo pienso y lo grito,
—sigue—
vuelvo a pensar en el sol y ahora en este inmenso árbol de bambú que siempre me cruzo,
—¿se quejará el árbol?
vuelvo a cuestionarme,
¿se quejan las nubes?
sigue mi obsesión por entender, por encontrar nuevamente una respuesta a esta pregunta que me desquicia, a esta terrible sensación de pararme, de simplemente hacerme a un lado y detenerme,
—sigue—
pienso en mi madre y la veo ahí, sentadita, cantando al lado de extraños familiares, porque eso son todos esos viejitos con los que vive. Pero la veo feliz cantando, como es ella, sin detenerse. Aún con el vacío de la memoria que le deja esa extraña enfermedad, aún con todo, siempre me recibe con una risa que me ilumina, y a todo el que la mira. Y luego canta. Cantamos, que es nuestro diálogo: cantar sin cuestionar, sin pensar, porque ya no hay nada que pensar, no hay nada de qué hablar. Es ella la que tiene la llave para todo aquel que vive enredado entre rencores y odio. Es ella la que me enseña a seguir sin tanta pregunta, porque ya no hay tiempo, no hay razón de preguntar cuando la memoria se ha vaciado. Pero mi madre tiene el secreto que trato de entender: sigue, sigue pese a todo, sigue ahí cantando,
—sigue—
me lo digo nuevamente y me doy cuenta de que ya terminé la mitad de mi ruta. Y veo que pasa nuevamente la señora que antes me miraba con una extraña mirada; ahora se cruza conmigo otra vez,
—buenos días—
la saludo y se sorprende y apenas responde,
—sigue—
pienso ahora en mi padre, en que aún sigue abierta la herida de su pierna. Tres años luchando contra esa extraña llaga que se le hizo y que ahora es muy pequeña, pero aún está ahí. Él sigue. Se levanta todos los días a caminar cuarenta minutos por la mañana. Lo ha vencido todo. Ha logrado domar esa mente desbocada que lo arrastraba por pasillos terribles, que lo alejó de todos, que casi lo mata. Y sigue. Ahora vive conmigo y puedo disfrutar su vida calmada,
—sigue—
salta de mí una lágrima que se confunde con sudor. Me doy cuenta de que estoy a punto de terminar, que son solamente unos pasos más. Entonces río,
—sigue—
vuelvo a gritarlo como puedo. Sigue, lo digo terminando de correr, y me siento en paz.
Y apenas empieza el día.
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