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DE SOPETÓN y CON AGUACERASO



Creo que entender qué es la vida sucede así, de repente, de sopetón, como ese aguaceraso que nos cayó cuando estábamos llegando a los tacos, pero fue perfecto para cenar en medio de una noche profunda y una tormenta que nos obligaba a seguir ahí. Escuché atento tus palabras, repletas de ansiedad, de cuestionamientos; te oí hablar desde el fondo de tu corazón, con miedo, con duda, con certeza, con ansiedad, con todo eso que nos da la juventud unido a tu personalidad tan desenvuelta y directa. La vida ha acelerado tu proceso de madurez, así es: te tocó una historia que te exige despertar y reaccionar rápido, no quedarte en la burbuja de las ilusiones familiares. Creo que si a uno le llega ese tipo de historias es porque es capaz de sobrellevarlas; es raro, ilógico, pero lo creo. Pareciera que cada quien carga lo que puede cargar, pero a quien le dan de más y lo enfrenta desarrolla un músculo mayor, uno que le sirve para cargar y para ayudar a los demás. Me siento muy orgulloso de ti, mi querido sobrino, fotógrafo, director; estás avanzando en el camino del conocimiento, el cual exige pasar pruebas y momentos difíciles, el cual exige dejar atrás historias ajenas —aunque parezcan propias, son ajenas—. Quiero que sepas que el día que desperté a la vida no fue cuando nací, tampoco fue el día que me gradué del colegio o de la universidad; eso no tiene nada que ver con el despertar interno, con liberar el alma de la limitada razón. ¡No! El día que desperté es aquel en el que entendí que soy algo más que el personaje que ha crecido con el nombre que me dieron, algo más que el rango que tengo en la tierra, porque hay algo más que está adentro, y que a veces, cuando te atreves, conectas con él y puedes entenderlo. Todos lo tenemos, pero no todos conectan con él; muchas personas lo pierden al crecer, al ser adultos, confunden la libertad del alma con el poder, con el libertinaje, y se pierden al grado de creer que este mundo material es lo más importante. Caen en la ilusión de lo que ven, de lo que poseen, pero en el fondo se sienten vacíos. Trabajo complejo es el de no alejarse de ese aliento puro que nos regalaron al nacer, de esa mirada libre de culpas, inocente, cargada de lucidez y certeza; trabajo arduamente difícil es el de aferrarse al conocimiento interno. Pero sé que tú has iniciado ese viaje y estás en vías de ello. Cuando avances más entenderás muchas más cosas; una de ellas es que, por más que uno quiera a los padres, no podemos pensar por ellos ni sentir por ellos —incluso es arrogante de nuestra parte creer que podemos ayudarlos, cuando son ellos los que nos dieron la vida—. Pero tampoco hay que confundirse: ellos son humanos, como nosotros, cargados de todo ese complejo sistema de emociones y pensamientos. Hacen lo que pueden con lo que tienen, y lo hacen por amor, y está bien. A veces los padres hacemos mucho daño sin darnos cuenta; caemos en la aprehensión terrible y por lo tanto sobreprotegemos a los hijos, y ahí está uno de los daños mayores para el ser humano: provocar la dependencia, contagiar el miedo a la libertad y, por lo tanto, cortar las alas de los hijos. Eso es algo terrible. Los hijos, como todo ser humano, deben volar, salir al camino y encontrar su destino, agradecer su origen, honrar incluso a los ancestros, pero salir con fe y certeza de que siempre estarán guiados por una luz interna que nada tiene que ver con la familia ni con los amigos.

Si han llegado a ti las cátedras que guardaba mi madre, es por algo; y si sientes el llamado, atiéndelo, no lo dejes, que es por algo, y esa señal te guiará, te ayudará a avanzar en tu camino. Qué buenos tacos, de los mejores, y qué lluvia más liberadora.







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